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Diferencia entre miedos primarios y secundarios

Curiosidades sobre el miedo que no sabías.

Autora: Ana Hidalgo
En los últimos años se habla mucho en psicología de la existencia de miedos primarios y secundarios. De hecho, muy probablemente hayas percibido que no siempre que experimentas miedo lo percibes igual. Esto puede deberse a que cada miedo puede tener un origen diferente, pero vayamos paso a paso.

Qué es el miedo

miedoEl miedo es una emoción primaria intrínseca a todos los humanos y también a algunos animales. Es decir, todos podemos experimentar miedo en algún momento dado. Como bien sabes, suele ir acompañada de una sensación desagradable, de angustia, ante un peligro real o imaginario. Su finalidad es bien sencilla: garantizar nuestra supervivencia. De hecho, gracias al miedo, podemos huir o enfrentar un peligro, garantizando así nuestro bienestar. Por ejemplo, si vas caminando y ves venir hacia ti un coche a gran velocidad, gracias a que te asustas, puedes apartarte a tiempo. Sin embargo, en ocasiones puede generarnos graves problemas. Por ejemplo, cuando nos alerta de peligros irreales o desproporcionados generando trastornos como las fobias o el TOC, entre otros. Es en estos casos en los que conviene pedir ayuda psicológica para “reajustarlo” y volver a convertirlo en algo funcional. Ten en cuenta que, al ser una emoción primaria, no sólo no se puede eliminar en su totalidad, sino que sería tonto hacerlo por las ventajas que conlleva. Pero, ¿qué quiere decir esto de que el miedo es una emoción primaria?

Emociones primarias y secundarias

Los grandes estudiosos de las emociones sostienen que todos tenemos al menos dos tipos de emociones: primarias y secundarias. Las emociones primarias son las que forman parte de nuestra genética emocional. Se dan en todas las culturas y momentos históricos pues no dependen de la sociedad ni del ambiente. Por ejemplo, la tristeza, la felicidad, el miedo o la ira. Sin embargo, las emociones secundarias, son aquellas que han sido creadas por la influencia social o ambiental. Por ejemplo, la vergüenza o la sorpresa. Así mismo, cada emoción puede generar sus propias ramificaciones emocionales. Esto sirve tanto para unirse a otras emociones, como para graduar la intensidad de las mismas. Por ejemplo, no es lo mismo sentir ira que sentirse molesto, enfurruñado o fastidiado. Estas ramificaciones y contactos entre emociones tienen una gran ventaja: nos ayuda a poder entenderlas, manejarlas y equilibrarlas. Ahora bien, ¿puede una emoción primaria como el miedo tener a su vez emociones primarias y secundarias? Si bien no existe una respuesta unánime al respecto, quiero plantearte una perspectiva que personalmente me resulta muy interesante.

Diferencia entre miedos primarios y secundarios.

fantasmasAlgunos autores han señalado que cada una de las emociones primarias puede a su vez contener otras emociones secundarias. Entendiendo el término primario y secundario como ausente o no de influencias externas. Así, podríamos diferenciar entre miedos primarios y secundarios en función de si son universales e innatas o son miedos adquiridos. Veámoslo con un poco más de detalle. Los miedos primarios serían aquellos tipos de miedos universales que aparecen en todas las culturas. Por ejemplo, el miedo a la muerte. Sin embargo, existen otro tipo de miedos que se han ido creando conforme a nuestras experiencias vitales o influencia cultural. Por ejemplo, las fobias. Muchas personas ven los insectos como una fuente posible de riesgos (miedo a cucarachas, arañas o saltamontes), mientras que hay personas que pueden verlos como un manjar. En la cultura asiática, por ejemplo, hay tradición de ingerir ciertos tipos de insectos. Es decir, el miedo a los insectos no es universal ni innato, sino que se va adquiriendo por nuestras experiencias y cultura de origen. Lo interesante de esto es que cuando el miedo aparece como una emoción secundaria, podemos paliarlo o hacer que desaparezca. Generalmente, detrás de esta emoción de miedo secundario, se esconden otros pensamientos más profundos que pueden contactar con una emoción originaria distinta al miedo. Es decir, los miedos secundarios suelen ocultar la verdadera emoción que nos está afectando.

Pongamos un ejemplo:

El jefe te llama a su oficina y te asusta lo que te vaya a decir. En este caso, estamos ante un miedo secundario. Probablemente tengamos asociado el hablar con el jefe con despidos o reprimendas por algo mal realizado. Si indagásemos en este miedo, es probable que nos encontrásemos con un sentimiento de inseguridad hacia nosotros mismos. Para hacerlo, para saber más sobre este miedo secundario, podríamos preguntarnos: “¿qué significaría esto para mí?”. Esta pregunta la iríamos haciendo con cada nuevo miedo que nos muestre la respuesta. De este modo, iremos desmigando los miedos que lo componen. Por ejemplo, me asusta ir a hablar con mi jefe a solas.
  • Preguntamos: ¿qué significaría esto para mí? – Que me va a despedir.
  • Volvemos a preguntar: ¿qué significaría esto para mí? – Que no podría pagar mi hipoteca.
  • Continuamos: ¿qué significaría esto para mí? – Que me quedaría en la calle.
  • Seguimos indagando: ¿qué significaría esto para mí? – Que sería un desgraciado.
  • Preguntamos de nuevo: ¿qué significaría esto para mí? – Que sería un inútil.
Fíjate, en este ejemplo estamos viendo, además de ciertas creencias limitantes, una emoción de inseguridad o falta de valía personal. Se están anticipando acontecimientos y se está equiparando el ser o no válido como persona a tener o no un trabajo. Obviamente, serían aspectos a profundizar y trabajar dentro del marco de una terapia psicológica.

Algunas curiosidades sobre los miedos primarios y secundarios.

Ante el miedo primero actuamos y después pensamos.

No siempre es fácil distinguir un miedo primario y secundario dado que ambos tipos de miedos pueden afectarnos físicamente de forma similar: escalofríos, palpitaciones, mareos, sensación de ahogo… Nuestro cuerpo se prepara ante una situación peligrosa activando uno de estos tres mecanismos de defensa: huida, lucha o inmovilidad. Sin embargo, ante una situación peligrosa, es probable que ni te des cuenta de ella hasta pasado un momento. Nuestro cuerpo primero actúa ante el peligro y después analiza la realidad. Aunque te suene raro, tiene su lógica. Pongamos un ejemplo. Si nos detuviésemos a pensar si la sombra que se mueve tras el matorral es o no una serpiente, no tendríamos tiempo de reaccionar en caso de que lo fuera. Es por eso que, la respuesta que nuestro cuerpo realiza ante el miedo, sucede antes de que nuestro cerebro haya decidido sobre la amenaza (si es o no real y su magnitud). Por ejemplo, imagina que repentinamente encuentras una sombra humana en el pasillo de tu casa. Probablemente grites o te quedes paralizado con el corazón encogido, antes de tener toda la información sobre la sombra. Es como si hubiera percibido la amenaza antes que tu cerebro consciente. Así, tu reacción se ha producido antes de averiguar si era tu pareja que se había levantado en mitad de la noche, o un ladrón entre la oscuridad.

El miedo puede alterar tu percepción

arañaNo importa si se trata de miedos primarios o secundarios, tus miedos alterarán tu forma de percibir la realidad. Si recuerdas haber visto alguna peli de miedo cuando eras niño entenderás muy bien a lo que me refiero. Es posible que vieras monstruos en las sombras o bajo tu cama con mayor facilidad. El miedo experimentado con la película hacía que tu mente permaneciera más alerta en busca de posibles peligros. Sin embargo, el miedo no sólo altera la percepción en niños, sino que cuando un peligro lo concebimos como algo muy inminente o alarmante, tendemos a verlo más probable y cercano de lo que realmente es. Esto se ve muy claramente en el caso de las fobias. Por ejemplo, si nos aterran las arañas, es posible que las veamos más grandes, hambrientas, peludas y peligrosas y que asumamos peores consecuencias de su picadura.

Una deficiencia rara: la falta de miedo

Al igual que algunas personas padecen de anhedonia (incapacidad para sentir placer, así como pérdida de interés o satisfacción en casi cualquier actividad), se comenta que también hay personas incapaces de sentir miedo. Este tipo de deficiencia parece asociarse a la “parálisis” o baja actividad de la región del cerebro que produce esta emoción. También podrían tener algún tipo de daño en la amígdala, encargada de interpretar esta emoción. Sin embargo, todavía no existen datos concluyentes al respecto.

Solemos temer más aquello que no podemos controlar.

Algo curioso de los miedos, especialmente de los miedos secundarios, es que la sensación de control sí importa. Entre los miedos más comunes están aquellos que no podemos prever o controlar. Por ejemplo, es más común el miedo a morir en un accidente aéreo que el de morir en un accidente de tráfico. Creemos que de alguna manera podremos controlar un accidente de tráfico gracias a nuestra forma de conducir cuando en realidad se producen más accidentes de tráfico que aéreos. Quizás por eso, por la falta de control, uno de los miedos más universales es el miedo a la muerte. Todos nosotros moriremos en algún momento, sin embargo, la gran mayoría de nosotros desconocemos el día en que esto sucederá. En la misma línea, entre los miedos más comunes están los rayos en una tormenta, las máscaras, la oscuridad…

Los miedos pueden organizarse por categorías

dolor físicoAunque existen cientos de miedos diferentes, los principales miedos que experimentamos se relacionan con alguna de estas categorías:
  • Miedo físico (miedo a experimentar dolor, amputación, atrofia de algún miembro).
  • Miedo psicológico. De este tipo de miedo entienden muchos los thrillers. Destaca el temor a la incertidumbre y lo desconocido. Dentro de estos miedos estarían también los miedos metafísicos (a la muerte, la vida, al sentido de la existencia…)
  • Miedo social. Se relaciona con contextos sociales como el miedo al ridículo, al qué dirán, a ser juzgados, al compromiso…

El miedo se rodea de otras emociones:

En su libro Universo de Emociones, el psicólogo Rafael Bisquerra reúne distintas emociones que giran en torno al miedo. Así, la alarma, el susto, el pavor, el pánico, el horror, el temor o la fobia estarían entre las más cercanas al término miedo. Otras como el recelo, el canguelo, el sobresalto o el sobrecogimiento, serían también cercanas al miedo; pero implicarían menor intensidad.
Por tanto, sentir miedo es algo muy común, prácticamente universal. Sin embargo, la forma en que cada uno lo vive e interpreta es particular. Es por eso que no siempre un mismo estímulo genera las mismas reacciones ni en igual intensidad. Generalmente, nuestros miedos suelen ser secundarios y estar asociados a nuestras propias vivencias y cultura. Es decir, suelen ser aprendidos y este aprendizaje puede “rebobinarse” en cierto modo. Por eso, si sientes que tus miedos te sobrepasan e interfieren con tu vida, no te resignes, busca ayuda psicológica. Especialmente el tratamiento de fobias suele tener un buen pronóstico. A este respecto, ya sabes que me tienes a tu disposición. Si deseas que trabajemos de forma profesional puedes contactarme pinchando aquí.

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Sobre la autora: “Soy Ana Hidalgo, psicóloga de profesión y persona como tú, con grandes experiencias tanto a nivel personal como profesional. Me dedico a ayudar a personas a superar situaciones difíciles y salir fortalecidas de ellas. Si quieres recibir semanalmente artículos sobre amor, desamor y relaciones en general, suscríbete gratis a mi blog en terapiaconAna.com”