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No quiero vivir con resignación

Aceptación vs. Resignación o cómo dejar de vivir resignado/a

Autora: Ana Hidalgo

Muchas personas confunden la aceptación de la realidad con la resignación. Al fin y al cabo, el diccionario de la real academia española los equipara en algunas de sus acepciones.

Sin embargo, al menos en psicología, su significado es muy diferente. De hecho, saber distinguirlas puede marcar una gran diferencia a la hora de vivir tu realidad.

Por ejemplo, no es lo mismo aceptar que uno tiene un problema con el alcohol, que resignarse a vivir con un problema con el alcohol.

En este caso se ve clara la diferencia porque es fácil entender que la situación puede cambiarse. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la situación escapa a nuestro control? Aquí es donde empieza a ser más difícil captar los matices que diferencian resignación de aceptación.

¿De dónde surge la resignación?

En numerosas ocasiones la vida nos enfrenta a situaciones que escapan a nuestro control. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos vivir amargados por ello.

Como sabes, ante cualquier peligro tenemos distintas formas de actuar. Así, podemos paralizarnos, escaparnos o enfrentarnos.

En el primer caso, cuando nos paralizamos estamos reconociendo el malestar que nos acecha. Sin embargo, lo sentimos superior a nosotros y nos rendimos ante él, resignándonos.

De este modo, la resignación nos lleva a paralizarnos, a sentirnos indefensos, sentir que nada podemos hacer… Es una aceptación pasiva de la realidad.

Lo peligroso de esta resignación es que terminamos acomodándonos a no estar bien, podemos incluso llegar a encontrar cierto placer o refuerzo en ello (somos los pobrecitos, las víctimas) y eso hace que terminemos justificando nuestro comportamiento, nuestro malestar.

Visto de forma crítica, esta resignación puede servirnos para estancarnos y no tener que lidiar con nuestros propios miedos.

En el segundo caso, cuando nos escapamos. Suele ser porque no queremos o no podemos enfrentarnos a la realidad. De algún modo tratamos de negarla evadiéndonos. En este caso, es fácil caer en adicciones o conductas autolesivas. Sin embargo, cuando nos enfrentamos, aceptamos la realidad tal cual es.

En este caso, sabemos lo que ocurre y tratamos de superarnos pese a ese bache en el camino. Ojo, tratamos de superarnos y mejorar nuestra situación, no de cambiar el hecho en sí con el que antes luchábamos.

Veamos algunos ejemplos:

  • Caso 1: Mi cuñado es un cretino y no puedo hacer nada para que cambie su personalidad.
  • Caso 2: No puedo acceder al trabajo de bombero que deseo porque exigen un mínimo de altura que no alcanzo.

ALTERNATIVAS AL CASO 1: el cuñado cretino.

Si elijo la resignación, no hago nada para cambiar la situación y todas las nochebuenas tendré que soportar sus abusos.

En caso de optar por escapar, puedo hacerlo de varias formas. Por ejemplo, lo evitaré a toda costa, aunque eso suponga rechazar oportunidades interesantes o, agarraré una cogorza cada vez que tenga que verlo para así no escucharlo.

Por el contrario, si decido aceptar la situación, sé que no puedo cambiar a mi cuñado, pero puedo marcar ciertos límites entre nosotros, hablar con él, establecer normas… Él seguirá siendo un cretino, pero yo no tendré porqué tolerar sus faltas de respeto.

ALTERNATIVAS AL CASO 2: impedimento físico.

La resignación puede hacer que deje de esforzarme y me conforme con un trabajo que no me gusta.

El escapar o negar la realidad puede llevarme a seguir estudiando indefinidamente la oposición con la esperanza de que en algún futuro cambien los requisitos de acceso.

La aceptación puede hacer que reflexione sobre cuáles eran los motivos por los que quería ser bombero. De este modo, aunque no sea bombero, podré encontrar otros perfiles profesionales que me permitan desarrollarme felizmente.

Diferencia entre resignación y aceptación

Probablemente, con los ejemplos anteriores, ya tienes una idea básica sobre las diferencias entre aceptación y resignación, pero para que te resulte aún más sencillo, aquí te comparto las más importantes:

  1. La resignación nos lleva al victimismo, la otra a actuar de forma responsable buscando mejorar.
  2. Resignarnos nos convierte en seres pasivos, indefensos. Por el contrario, la aceptación nos anima a ser activos y buscar nuevas direcciones.
  3. La resignación nace de la tristeza del “nada puedo hacer”. Sin embargo, la aceptación nace del amor propio, del “ya me he cansado de sufrir”, “ya me toca ser feliz”.
  4. Actuar con resignación puede llevarnos al abandono y la depresión, mientras la aceptación nos libera del dolor.

¿Es mala la resignación?

Muchas veces se habla de emociones negativas y positivas, cuando en realidad todas tienen su utilidad.

Bajo mi punto de vista, la resignación es una de esas emociones que sirve como pasarela o transición entre emociones.

Concretamente, es una de las piedrecitas que uniría la tristeza con el amor.

En mi centro de psicología llevo muchos casos de duelo por desamor. Como sabes, el duelo conlleva atravesar distintas fases, entre ellas la ira y la aceptación.

Todos necesitamos transitar una fase de pataleta, de rabia, de queja que nos aleje de la apatía de la tristeza.

Ahora bien, la pataleta no nos lleva por sí sola a la aceptación y superación.

Es por eso que hay que seguir poniendo peldaños.

Así, la resignación podría ser algo así como un tipo de aceptación pasiva. Es decir, una emoción de tránsito que puede acercarnos a prosperar. En este sentido, es fácil ver su beneficio.

Sin embargo, el peligro radica en que, en algunas ocasiones, podemos quedarnos estancados en ella y dejar de avanzar.

Es entonces cuando se convierte en autocompasión, y puede llevarnos a una tristeza mucho más profunda.

Cómo dejar de vivir resignado

Ahora que sabes que la resignación está a un paso de la aceptación, toca tomar medidas para no rendirte.

Abraza si quieres la resignación por un tiempo, quédate incluso a vivir en ella si lo necesitas, pero hazlo brevemente. Para ello, aquí te comparto varios pasos a dar:

  1. Revisa tus metas reales y analízalas.

Me refiero a tus metas más íntimas, no a las que crees que puede aspirar en estos momentos. Plantéate, ¿cuál es su esencia?

Recuerda el ejemplo de antes. Quizás querías ser bombero porque te gusta ayudar a las personas. Si es así, ¿podrías ayudar a las personas de alguna otra manera?

Incluso aunque tuvieses una enfermedad terminal, no te resignes. Aquí podrías plantearte el qué podrías hacer para que el tiempo que te queda valga la pena.

  1. Planifica pequeños objetivos para tus metas.

Si has esclarecido tus metas, sabrás que parecen muy difíciles de alcanzar. Sin embargo, el plantearla como pequeños pasos a dar te será de gran utilidad para ir avanzando poco a poco.

Puedes echarle un vistazo a otro artículo en el que hablo sobre cómo hacerlo pinchando aquí.

  1. Fortalece tu resiliencia

Como en el caso anterior, ya hablé sobre cómo hacerlo en otro artículo, es por eso que te remito al mismo directamente. Pincha aquí para acceder.

  1. Refuerza tu autoestima

En ocasiones nos resignamos por culpa de una baja autoestima: no nos creemos merecedores de algo mejor.

Lee sobre ello, acude a grupos de apoyo, a terapia. Haz lo que haga falta pues se trata de tu vida, tu salud y tu bienestar, no lo dejes. En este mismo blog tienes varios artículos sobre autoestima, échales un vistazo.

  1. Toma la decisión de dejar de sufrir.

Es importante que vuelvas a sembrar en ti el amor propio. Comienza a desear de nuevo tu felicidad, decídete a dejar de sufrir.

Quizás no sepas como hacerlo, pero no tienes por qué hacerlo solo. A este respecto, ya sabes que me tienes a tu disposición si así lo deseas.  


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Sobre la autora:

“Soy Ana Hidalgo, psicóloga de profesión y persona como tú, con grandes experiencias tanto a nivel personal como profesional. Me dedico a ayudar a personas a superar situaciones difíciles y salir fortalecidas de ellas. Si quieres recibir semanalmente artículos sobre amor, desamor y relaciones en general, suscríbete gratis a mi blog en terapiaconAna.com”