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30Decir cosas hirientes cuando estamos enfadados es más habitual de lo que nos gusta reconocer. A veces salen en mitad de una discusión, cuando sentimos que la otra persona no nos entiende, no nos escucha o está haciendo algo que nos duele. Lo malo, es que después te arrepientes de haberlas dicho, y de haber ofendido a quien muchas veces no lo merece.

“No quería decirlo. O eso me repetí después. Pero lo dije. Y cuando vi cómo cambiaba su mirada, entendí que algunas palabras no desaparecen cuando pides perdón. Se quedan viviendo en la persona que las escuchó”.

A veces creemos que estar muy enfadados nos legitima para decir cualquier cosa, pero no es así. El enfado puede explicar por qué reaccionamos así, pero no borra el efecto que nuestras palabras tienen en la otra persona. Pero, la cuestión no es conseguir no enfadarnos nunca. Eso es ley de vida, habrá ocasiones en las que el enfado aflorará. La cuestión es aprender a reconocer qué ocurre dentro de nosotros antes de convertir el enfado en palabras que después no sabemos cómo reparar. De esta forma, nos será más sencillo evitarlo y aprender a gestionarlo mejor.

Por qué digo cosas hirientes cuando me enfado

  • “Estaba muy enfadado. Se me fue la boca.”

Es una frase que escucho con frecuencia después de una discusión. Y muchas veces es verdad: cuando estamos muy enfadados, podemos decir cosas que en otro momento quizá habríamos pensado dos veces antes de pronunciar.

A veces porque sabemos que no las pensamos realmente. Otras porque, aunque haya algo de verdad en ellas, sabemos que decirlas de esa manera puede hacer mucho daño.

Pero hay palabras que, una vez dichas, no desaparecen simplemente porque después llegue el arrepentimiento. ¿Cuántas veces nos han herido o hemos herido a alguien y después ha habido arrepentimiento? Quizás demasiadas.

Y entonces, cuando eso vuelve a pasar (en cualquiera de las dos direcciones) es cuando nos volvemos a plantear cómo evitar decir cosas hirientes cuando estás enfadado; cómo conseguir pensar antes de hablar o qué hacer cuando notas que una discusión empieza a ir demasiado lejos.

Muchas veces reaccionamos así por puro aprendizaje. Seguramente tú también has escuchado frases como: «la mejor defensa es un buen ataque», pero no siempre es cierto. Como tampoco lo es intentar estar siempre zen. El enfado, la ira, el deseo de venganza son emociones naturales, aunque difíciles de transitar y bastante incómodas.

Quizás por eso, para mí, la clave no está en aprender a no enfadarte.Está en aprender a no convertir todo lo que sientes cuando estás enfadado en algo que necesariamente tienes que decir.

Qué significa decir cosas hirientes

Cuando se nos calienta la boca, como dicen algunos, es fácil decir algo con la intención de ofender, humillar, causar dolor…

Este tipo de palabras hirientes pueden ir desde insultos, críticas o invalidaciones hasta menosprecios sutiles que, a veces, quedan escondidos detrás de una frase aparentemente inocente.

Sin embargo, no siempre que hacemos daño o decimos cosas hirientes hay mala intención detrás, y eso es importante que lo tengas en cuenta.

A veces, esas palabras aparecen como una forma de defendernos cuando nos sentimos atacados, heridos o desbordados.

Por eso mismo, hay ocasiones en las que puedes decir cosas que no debes sin que esa intencionalidad dañina esté detrás.

¿Por qué decimos cosas hirientes cuando nos enfadamos?

Cuando estamos tranquilos podemos explicar que algo nos ha molestado, poner límites o expresar desacuerdo con bastante claridad.

Pero cuando una discusión aumenta de intensidad, o simplemente nos hemos sentido atacados, eso puede cambiar.

Ya no estamos solamente intentando explicar lo que sentimos. Podemos empezar a intentar defendernos, ganar la discusión, conseguir que el otro comprenda nuestro dolor o devolverle el daño que sentimos que nos ha causado.

Ahí podemos dejar de hablar para comunicar y empezar a reaccionar. Y es entonces cuando podemos utilizar aquello que sabemos que más le duele al otro. Y nos suelen salir cosas tan feas como estas:

“Eres igual que tu madre”; “Siempre haces lo mismo”; “Contigo no se puede hablar”; “Ya no te quiero”; “Me arrepiento de estar contigo”; “Haz lo que te dé la gana.”

El enfado no siempre necesita convertirse en palabras

Cuando estamos enfadados, podemos tener pensamientos muy extremos, pero pensar algo en un momento de mucha activación emocional no significa necesariamente que eso represente lo que pensamos cuando estamos tranquilos.

No es lo mismo expresar: “Estoy muy enfadado porque siento que no me estás escuchando” que decir: “Es imposible hablar contigo porque eres una persona egoísta.”

En ambos casos existe enfado, pero en el segundo hemos pasado de expresar una emoción a atacar a la persona.

No todo pensamiento necesita convertirse en una conversación y ojo, esto no significa reprimir las emociones. Significa aprender a distinguir entre: lo que estoy sintiendo, lo que estoy pensando y lo que realmente necesito comunicar.

Son tres cosas diferentes.

El problema no es enfadarte: es lo que haces con tu enfado

El enfado forma parte de las relaciones. Incluso en las relaciones que funcionan bien hay desacuerdos, frustraciones y momentos en los que uno de los dos se siente herido.

Pretender no enfadarse nunca no es una expectativa demasiado realista. Lo importante es qué ocurre después de que aparezca el enfado.

Puedes sentir: “Estoy furioso porque llevo semanas pidiendo esto y siento que no me escuchas” y utilizar esa emoción para explicar lo que necesitas.

O puedes sentir exactamente lo mismo y terminar diciendo: “No haces nada bien. Siempre tengo que estar detrás de ti.”

La emoción puede ser válida. La forma de expresarla no siempre lo es. Al fin y al cabo, también es una elección.

Y ahí aparece una parte de la responsabilidad emocional de la que a veces hablamos poco: tener derecho a estar enfadado no significa tener derecho a hacer daño con lo que dices.

¿Cómo evitar decir cosas hirientes cuando estás enfadado?

No se trata de encontrar una frase mágica que funcione cuando estás a punto de explotar. Se trata de aprender a reconocer el momento anterior a ese punto.

En este vídeo te explico qué puedes hacer cuando notas que estás a punto de decir algo que después podrías lamentar.

Además, para evitar decir cosas sin pensar, puedes tener en cuenta estos pasos:

1. Aprende a reconocer cuándo ya no estás en condiciones de hablar

Hay discusiones que todavía pueden resolverse y hay momentos en los que continuar hablando solo consigue empeorarlas.

Quizá empiezas a levantar la voz o notas que quieres interrumpir constantemente.

A veces tu cuerpo está completamente tenso, dejas de escuchar lo que la otra persona está diciendo porque ya estás preparando tu respuesta, o aparece esa sensación de: “Tengo que conseguir que entienda esto ahora mismo.”

Ese puede ser el momento de parar.

No porque el problema no sea importante, sino precisamente porque es demasiado importante como para seguir hablando desde ese estado.

Puedes decir: “Ahora mismo estoy demasiado enfadado para hablar de esto sin hacernos daño. Necesito parar y retomarlo cuando esté más tranquilo.”

Eso no significa huir de la conversación.

La diferencia está en que parar una conversación no significa necesariamente abandonarla. Simplemente es posponerla para poder retomarla de otra manera.

2. No confundas sinceridad con decir todo lo que piensas

Existe una idea muy extendida: “Yo soy muy sincero. Digo las cosas como las pienso.”

Pero la sinceridad no obliga a decir cualquier cosa de cualquier manera. A veces no estás siendo sincero, estás siendo maleducado o hiriente.

Puedes sentir que la conducta de tu pareja ha sido egoísta y necesitar hablar de ello. También puedes estar profundamente decepcionado, incluso estar planteándote si quieres continuar en esa relación.

Todo eso puede necesitar ser hablado, sin duda, pero decir: “Eres un egoísta y no tienes remedio” no es necesariamente más sincero que decir: “Lo que has hecho me ha hecho sentir que no has tenido en cuenta mis necesidades.”

Decir todo lo que pensamos no siempre es comunicación. A veces simplemente estamos descargando y buscando revancha.

3. Pregúntate qué quieres conseguir antes de hablar

Esta pregunta puede cambiar mucho una discusión: “¿Qué quiero conseguir diciendo esto?”

Porque quizá quieras que la otra persona comprenda algo, que deje de hacer determinada conducta, necesites poner un límite o expresar que estás herido.

Pero también puede ocurrir que, en ese momento, quieras simplemente hacer daño porque tú estás dolido.

Reconocerlo puede resultar incómodo, pero también te permite elegir qué hacer a continuación.

Si lo que estás a punto de decir no ayuda a resolver el problema, expresar una necesidad, poner un límite o explicar cómo te sientes, quizá merezca la pena preguntarte si necesitas decirlo o simplemente necesitas dejar que pase el enfado.

¿Realmente quieres herir a propósito a alguien que quieres?

4. Habla de lo que ha ocurrido, no de quién es la otra persona

Una de las formas más sencillas de reducir las palabras hirientes es cambiar el foco.

En lugar de: “Eres un irresponsable”, puedes decir: “Me preocupa que hayas vuelto a llegar tarde sin avisarme.”

De igual forma, en lugar de: “Nunca te importa lo que me pasa”, puedes decir: “Hoy necesitaba que me escucharas y he sentido que estabas más pendiente del móvil que de mí.”

Procura no etiquetar, generalizar ni expresarte con palabras de gran alcance tipo “nunca” / “siempre”.

Cuando hablamos de conductas concretas, todavía podemos discutir sobre lo ocurrido, pero cuando atacamos la identidad de la otra persona, es más probable que la conversación se convierta en una defensa.

La conversación deja de centrarse en lo que ha ocurrido y empieza a girar alrededor de quién tiene la culpa. Y desde ahí resulta mucho más difícil escucharse.

¿Y si ya has dicho algo hiriente?

Esta es una parte importante, porque quizá estés leyendo esto después de una discusión y pensando: “Ya lo he hecho. Ya he dicho cosas que no debía.”

Entonces lo primero es asumir lo que ha ocurrido, sin quedarte atrapado en la culpa.

Pero ojo, tampoco sirve decir: “Lo siento, estaba enfadado” y esperar que todo quede reparado.

Puedes empezar por reconocer exactamente qué hiciste.

No: “Perdona si te has sentido mal.” Sino: “Te dije que eras una persona egoísta. Estaba enfadado y quería hacerte daño, pero eso no justifica que te hablara así. Lo siento.”

Hay una diferencia importante entre explicar y justificar.

Puedes explicar: “Estaba muy enfadado y reaccioné impulsivamente.” Pero eso no significa: “Por eso no tengo responsabilidad sobre lo que dije.”

Después puedes preguntar qué necesita la otra persona y aceptar que quizá no esté preparada para hablar contigo inmediatamente.

Porque pedir perdón no garantiza que el otro deje de estar herido. De hecho, pocas veces pasa que su herida la perdone de manera inmediata. Algunas personas quieren perdonar, pero sienten que todavía no pueden.

Por eso mismo, reparar una relación no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas después de haber hecho daño. También consiste en mostrar con el tiempo, a través de tus actos, que estás intentando que aquello no vuelva a convertirse en un patrón.

Pedir perdón no significa borrar lo ocurrido

Lo dije para hacer daño. Sabía exactamente dónde dolía y elegí esas palabras. Después me arrepentí. Quise recogerlas, explicarlas, borrarlas. Pero ya era tarde. Las palabras no volvieron. Solo volvió su silencio.

A veces nos disculpamos y esperamos sentir inmediatamente alivio, pero quizá la otra persona siga enfadada. Quizá necesite distancia, no confíe en nosotros o no quiera perdonarnos.

Y eso puede resultarnos difícil, doloroso e incluso puede llegar a enfadarnos.

Especialmente cuando nuestra culpa empieza a ocupar tanto espacio que terminamos necesitando que la otra persona nos perdone para poder sentirnos nosotros bien.

Y si lo piensas bien, estamos haciendo algo paradójico: pretendemos que la persona a la que hemos herido nos tranquilice a nosotros. Esperamos que nos diga: “Venga, ya está. No pasa nada. Te perdono.”

Y quizá todavía sí pase algo. Porque pedir perdón es asumir nuestra parte. No es decidir cuándo tiene que terminar el dolor de la otra persona.

Cuando las discusiones siempre terminan igual

Si esto ocurre de manera puntual, puede tratarse de una dificultad concreta para manejar determinados momentos de enfado.

Pero si las discusiones siguen un patrón repetido —provocación, escalada, insultos, amenazas, retirada, arrepentimiento y reconciliación— merece la pena mirar algo más profundo.

Porque quizá el problema ya no sean únicamente las palabras que se dicen durante la discusión, o el tono que se emplea, sino la forma en que estáis afrontando el conflicto.

Puede haber una forma de relacionaros en la que el conflicto se ha convertido en una batalla que alguien tiene que ganar.

Y cuando una pareja necesita ganar una discusión, muchas veces deja de intentar comprenderse. Cada uno empieza a acumular argumentos, recordar errores antiguos y buscar la frase definitiva que haga callar al otro. Hasta que alguien cruza una línea y después llega el arrepentimiento.

Pero si después del arrepentimiento todo vuelve a empezar, quizá no necesites aprender únicamente a controlar la ira al hablar. Necesites aprender otra manera de afrontar el conflicto.

No tienes que resolverlo todo mientras estás enfadado

Quizá una de las ideas más importantes que puedes llevarte de este artículo sea esta: No tienes que solucionar una discusión en el mismo momento en que estás sintiendo el enfado.

Puedes parar, respirar o salir a caminar. También puedes escribir lo que quieres decir y revisarlo después, cuando estés más tranquilo. Puedes esperar unas horas, dormir y retomarlo al día siguiente, o puedes decir: “Esto es importante para mí y quiero hablarlo. Pero ahora mismo no puedo hacerlo de la manera que quiero.”

A veces pensamos que dejar una conversación para después es evitar el problema, pero no siempre es así.

A veces es precisamente la forma de proteger la conversación del daño que podríamos causar si continuamos hablando en caliente.

Porque retirarte unos minutos para regularte no es lo mismo que utilizar el silencio para castigar.

Una busca crear las condiciones para poder volver a hablar. La otra utiliza el silencio para castigar o controlar al otro.

Y si te han dicho a ti cosas muy hirientes

Cómo responder cuando alguien te dice cosas hirientes tampoco es sencillo. Antes de responder, puede ayudarte  ver qué le ha podido llevar a reaccionar así. Probablemente tenga sus motivos, aunque ojo, como ya hablé en otro artículo, entender no es justificar.

Antes de reaccionar, recuerda que, no todas las palabras que recibes necesitan una respuesta inmediata. A veces, elegir cómo y cuándo responder también es una forma de cuidarte.

Otra buena estrategia es pedir desde la calma que te repitan lo que han dicho. Algunas personas, al tener que repetirlo, se dan cuenta de lo que acaban de decir. Otras pueden sentirse avergonzadas o tomar conciencia del daño que han causado.

Y quizás, una de las mejores cosas que puedes hacer para responder a las palabras hirientes de otro es marcar un límite claro y asertivo.

Puedes decir algo así: “Entiendo que estés enfadado, pero no voy a continuar esta conversación si me descalificas. Si quieres hablar de lo que ha ocurrido, te escucho”.

O también: “No quiero responderte desde el enfado. Hablaremos cuando podamos hacerlo sin atacarnos”.

Cuando las palabras hirientes se convierten en un patrón: ¿cuándo pedir ayuda en terapia?

Hay personas que parecen vivir siempre la misma discusión con diferentes argumentos. Se disculpan, dicen que van a cambiar, y durante un tiempo parece que todo vuelve a estar bien, pero los cambios no duran.

Cuando este ciclo se repite, quizá el problema ya no sea solamente qué se dijo aquella vez. Porque si cada conflicto termina convirtiéndose en una batalla en la que alguien tiene que ganar y alguien tiene que quedar herido, cada nueva discusión puede arrastrar también las heridas de las anteriores.

Por eso mismo, si el ciclo de discusión descontrolada se repite constantemente en tu vida, es una señal de que las herramientas racionales que estáis usando ya no son suficientes.

Trabajar este proceso en terapia individual o de pareja te puede ayudar si:

·        Te cuesta frenar el impulso:

Sientes que la intensidad del enfado toma el mando y no consigues parar antes de hacer daño, aunque después te arrepientas.

·        La otra persona utiliza el desprecio o la descalificación continua hacia ti:

Si recibes de manera habitual frases que afectan a tu autoestima, vulneran tus límites o hacen que vivas midiendo tus palabras por miedo a la reacción del otro.

·        Sentís que estáis en una batalla constante:

Cuando el objetivo de cada conflicto parece haberse convertido en ganar la discusión o castigar al otro, en lugar de intentar resolver lo que ha ocurrido.

Romper este tipo de patrones no siempre es fácil, especialmente cuando lleváis mucho tiempo relacionándoos de esta manera. A veces, contar con ayuda profesional permite entender qué está ocurriendo y encontrar una forma diferente de afrontar el conflicto.

Si sientes que solos no estáis consiguiendo romper este bucle, podemos trabajarlo en terapia, tanto en consulta en Alcorcón como online.

En resumen: estar enfadado no te obliga a herir

Siendo realistas, habrá momentos en tu vida en los que vas a enfadarte. También habrá personas que hagan cosas que te duelan, conversaciones en las que tengas motivos para estar molesto y, probablemente, habrá momentos en los que pienses cosas que no expresarías de la misma manera estando tranquilo.

Por eso mismo, la cuestión no es convertirte en alguien que nunca se enfada. Es aprender a hacerte responsable de lo que haces con ese enfado.

Madurar emocionalmente consiste en comprender que sentir algo con mucha intensidad no te obliga a actuar desde esa intensidad.

Si después de una discusión te arrepientes de lo que dices y te reconoces en ese ciclo de enfado, palabras hirientes, arrepentimiento y reconciliación, quizá merezca la pena preguntarte:

¿Qué ocurre dentro de mí justo antes de decir aquello de lo que después me arrepiento?

Porque ahí puede estar la clave.

No solamente en aprender a callarte, sino en aprender a entender qué te está pasando antes de necesitar que tus palabras lo expresen por ti.

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