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Autor invitado: Figured’Art.

Hay días en los que hacemos muchas cosas y, aun así, llegamos a la noche con la sensación de no haber terminado ninguna. Contestamos correos, recogemos la casa, revisamos mensajes y tachamos dos tareas de una lista que, misteriosamente, ya tiene cuatro más. Mucha actividad, pero pocos momentos en los que podamos decir simplemente: esto ya está.

Quizá por eso algunos pasatiempos para desconectar resultan agradables de una manera difícil de explicar. No porque solucionen nada ni porque tengan que convertirse en una técnica de bienestar. A veces basta con que nos permitan dedicar un rato a una tarea concreta, con un principio reconocible y un siguiente paso bastante claro.

Cuando casi todo permanece abierto

Buena parte de lo que hacemos cada día no tiene un final natural. El correo puede volver a llenarse cinco minutos después de vaciarlo. Las redes sociales siempre tienen algo más que mostrar. La casa volverá a necesitar orden y muchas tareas del trabajo continuarán mañana exactamente donde las dejamos hoy.

Una actividad manual funciona de otra manera. Delante de nosotros hay algo limitado. Podemos avanzar un poco, parar y continuar otro día. Durante ese rato no necesitamos resolver el resto de nuestra vida. Solo prestar atención a lo que tenemos delante.

En actividades guiadas, además, no hay que decidir continuamente qué hacer a continuación. Hay unas instrucciones, un patrón o una secuencia que seguir. Esa estructura sencilla puede hacer que el tiempo se sienta diferente.

Un proyecto como este tipo de pasatiempo guiado, por ejemplo, propone algo bastante elemental: identificar una pequeña zona, colocar las piezas correspondientes y continuar. El interés no está tanto en el producto como en lo limitado de la tarea y su falta de prisa.

Hacer algo con las manos también puede ser una pausa

Cuando pensamos en descansar solemos imaginar que tenemos que dejar de hacer cosas. Sofá, pantalla, silencio. A veces funciona. Otras veces descubrimos que estamos físicamente quietos mientras nuestra atención sigue saltando de un asunto a otro.

También existe otra forma de pausa: hacer algo suficientemente sencillo como para poder permanecer un rato en ello, sin necesidad de ser un experto en meditación o Mindfulness.

Hay muchísimas actividades creativas para adultos que te pueden ayudar a poner ese momento de pausa que tanto necesitas. Las aprendiste a hacer de niño y quizás hayas olvidado el placer y la desconexión que generan. Particularmente nos encantan por sus características:

  • sabemos aproximadamente cuál es el siguiente paso;
  • podemos avanzar sin necesidad de hacerlo deprisa;
  • podemos parar cuando queramos;
  • cometer un pequeño error no tiene consecuencias importantes;
  • la actividad no necesita conducir a ningún objetivo útil.

Esto último quizá sea lo más importante.

Vivimos rodeados de mensajes que convierten casi cualquier actividad en una oportunidad para mejorar algo: ser más productivos, organizarnos mejor, aprender más rápido o aprovechar mejor el tiempo. Un pasatiempo puede ser simplemente lo contrario.

El descanso de tomar decisiones pequeñas

La vida adulta incluye suficientes decisiones que importan. Qué hacemos con un problema laboral, cómo respondemos a alguien, cuánto gastamos o qué dejamos para mañana.

Por eso puede resultar agradable entrar durante un rato en un espacio donde las decisiones tienen muy poco peso.

Una pieza aquí. Un color allí. Continuar por esta esquina o por aquella.

Nada especialmente trascendente.

No necesitamos hacerlo perfecto, terminarlo hoy ni convertirlo en una nueva afición permanente. Podemos simplemente ocuparnos durante un rato de algo pequeño.

Quizá una parte de la desconexión venga precisamente de ahí: de cambiar temporalmente preguntas grandes por decisiones diminutas.

¿Qué pasa si soy perfeccionista?

Para algunas personas, incluso una actividad sencilla puede complicarse si aparece el perfeccionismo.
Imagina esta escena: Una pieza queda un poco torcida. Una fila no está completamente alineada. Volvemos atrás, corregimos, comprobamos y volvemos a comprobar. De pronto aquello que habíamos elegido para pasar un rato tranquilo empieza a parecerse sospechosamente a otra obligación.

El problema no está en querer hacer las cosas bien. Aparece cuando sentimos que incluso aquello que hacemos por placer debe superar algún tipo de examen.

El perfeccionismo puede hacer que incluso una actividad sencilla termine convirtiéndose en otra fuente de exigencia.

Sin embargo, practicar la tolerancia a que algo no sea perfecto en un ambiente controlado puede ayudarte a dar pequeños pasos hacia una actitud más saludable. Por ejemplo:

  1. Detectar una pequeña imperfección.
  2. Preguntarnos si realmente afecta al conjunto.
  3. Esperar unos segundos antes de corregirla.
  4. Si no importa, continuar.
  5. Volver a observarla un rato después desde cierta distancia.

A menudo descubrimos que aquello que parecía enorme cuando lo mirábamos de cerca pierde importancia en cuanto dejamos de concentrar toda nuestra atención sobre ello.

En cualquier caso, puedes leer más sobre el perfeccionismo en este artículo: Cuando el corazón toma la palabra: cómo liberarte del perfeccionismo y conectar de verdad.

No hace falta tener nada que enseñar al terminar

También podemos caer fácilmente en otra trampa: pensar que una afición merece la pena porque al final obtenemos algo.

Un cuadro. Una maqueta. Una fotografía bonita del resultado.

Pero quizá no sea necesario justificar así el tiempo dedicado.

Podemos terminar una actividad y guardar el resultado en un cajón. Dejarla inacabada durante semanas, meses o años. Podemos incluso descubrir que aquello que empezamos con entusiasmo ya no nos apetece continuar… Y no pasa nada.

Nada de eso convierte el tiempo anterior en tiempo perdido.

Eso conecta con otra reflexión habitual en Terapia con Ana: estar ocupado no siempre significa estar aprovechando bien el tiempo.

Algo que no tiene que servir para nada

«Cuando termine todo, me pondré».

Es una frase bastante convincente hasta que recordamos que casi nunca terminamos todo.

Siempre habrá otro mensaje, otra tarea doméstica o alguna cosa razonablemente útil que podríamos hacer antes.

Por eso quizá tenga sentido reservar también un espacio para actividades que no necesiten demostrar su utilidad. Podemos empezar un proyecto, dedicarle veinte minutos y guardarlo. Podemos retomarlo mañana o dentro de dos semanas.

Podemos incluso terminarlo.

Y durante unos segundos disfrutar de algo cada vez menos habitual: la sencilla sensación de que, al menos esta pequeña cosa, ya está hecha.

Y tú, ¿te animas a dejar volar tu mente?

 

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