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by Ana Hidalgo
En ocasiones, los psicólogos olvidamos hablar de la empatía y su desarrollo en adultos. Tendemos a resaltar sus beneficios o cómo fomentarla en la infancia, pero ¿es posible desarrollar la empatía si ya eres adulto? En tal caso, ¿qué ejercicios podrían realizarse?
Vayamos paso a paso.
Ya en otros artículos en los que he hablado sobre inteligencia emocional hemos puesto de manifiesto que uno de sus componentes es la empatía. Concretamente, es uno de los componentes que se relaciona con lo que se conoce como inteligencia interpersonal. Es decir, te permitirá identificar, conocer e interpretar mejor las emociones e intenciones de otras personas.
Si te gustan las definiciones más técnicas, el diccionario de la RAE nos señala dos acepciones: para la empatía:
Es decir, la empatía puede entenderse como el sentimiento o la capacidad de ponernos en el lugar del otro.
Bajo mi punto de vista, todos tenemos empatía, de hecho, es fundamental para la comunicación. Ahora bien, no todos la tenemos igual de desarrollada ni la aplicamos con igual dedicación en todos los momentos.
Debemos tener en cuenta que la empatía se adquiere con la interacción social. Aprendemos a identificar expresiones y comportamientos propios y ajenos precisamente gracias a esa interacción. Por eso, si nuestras interacciones sociales han sido escasas o deficitarias, es probable que no la hayamos desarrollado adecuadamente.
Ahora bien, como veremos, nuestra empatía puede seguir desarrollándose a lo largo de toda nuestra vida.
Aunque puedan sonar parecidas, la empatía no consiste en tener simpatía hacia los demás. Alguien puede caernos bien, resultarnos simpáticos, pero eso no quiere decir que le entendamos o sepamos ponernos en su lugar.
Es decir, la simpatía no nos conecta con el sentir emocional de esa persona. Sin embargo, la empatía nos lleva a acompañar en el sentimiento a otras personas.
Si bien no puede haber compasión sin cierta empatía, ambos conceptos son distintos.
La compasión supone un acercamiento al dolor de la otra persona que nos empuja a querer ayudarlo. Sin embargo, la empatía supone un acercamiento a la emoción que experimente la otra persona y no necesariamente implica ayudarle, aunque sí actuar en consecuencia.
Pese a algunas creencias populares, una investigación realizada por la American Psychological Association (APA) señala que la empatía requiere de un proceso reflexivo sobre el estado emocional de otros, y no una mera intuición.
Además, como hemos señalado, no basta con intuir, percibir o entender lo que otro siente, la empatía supone también actuar en consecuencia con lo que el otro siente.
La capacidad de ser empático conlleva una serie de ventajas sociales que no deben descuidarse. Entre ellas:
Sin detenernos demasiado en este aspecto, comentar que el reconocido psicólogo Daniel Goleman diferencia tres tipos de empatía.
Ahora bien, si la empatía es una capacidad, puede moverse a lo largo de un continúo de más a menos empatía. En un extremo, estarían las personas poco empáticas, ajenas al dolor y sentimientos de otros. En el otro extremo, estarían las personas que se desbordan con el malestar de otros. En estos últimos casos, pueden sufrir enormemente con la persona que empatizan. Para evitar este «malestar por compasión», los psicólogos, ya de por sí empáticos, tenemos que entrenar un cuarto tipo de empatía. Me estoy refiriendo a la ecpatía.
Con la ecpatía somos capaces de identificar, comprender y sentir los sentimientos de otros, sin vernos arrastrados por sus emociones. Es una estrategia que nos evita caer en la “fatiga por compasión” tras tantos casos como vemos a lo largo de nuestro día a día. Hay que tener en cuenta la importancia lo que se conoce como «carga del cuidador». Por eso, para ayudar a otros, necesitamos entender lo que les sucede sin que ello nos devore o arrastre.
Si la empatía es una capacidad que todos los seres humanos podemos experimentar, eso quiere decir 2 cosas importantes: Por un lado, es algo que adquirimos y con lo que no nacemos, y por otro, es algo que puede entrenarse.
Pese a ser algo que adquirimos por interacción social, todos nosotros tenemos cierto grado de empatía. Al fin y al cabo, nacemos inmaduros y necesitamos de contacto y cuidado de otros para crecer y desarrollarnos.
No obstante, existen ciertos factores que pueden influir en su desarrollo. Por ejemplo, el estilo de crianza recibida o incluso, ciertos problemas neurológicos.
Es por eso que no todos tenemos igual grado de desarrollo de esta capacidad, pues cada persona tiene experiencias propias.
Ahora bien, dado que puede entrenarse, ¿qué tal si vemos cómo desarrollar esta capacidad en adultos?
La empatía y su desarrollo en adultos requiere de tres fases básicas: identificar, concretar y profundizar en las emociones.
Estos ejercicios consisten en entender las pistas emocionales que nos da el lenguaje no verbal.
Para ello puedes quitarle el sonido a una película y tratar de entenderla solamente con lo que los gestos, miradas y posturas de sus protagonistas te van mostrando.
También, puedes distraerte en el metro, o por la calle, tratando de averiguar qué piensan o sienten las personas con las que te cruzas. De esta manera, irás aprendiendo a fijarte en detalles que antes no mirabas.
Otro buen ejercicio para el desarrollo de la empatía consiste en mirar antiguas fotos fijándote en sus detalles. Mira más allá del recuerdo que puedas tener de ese día. Observa la distancia y postura entre las personas que aparecen, los colores de sus ropas, sus expresiones faciales…
Descubrirás que revelamos más de lo que nos pensamos.
En esta ocasión practicarás todo lo contrario, la escucha activa, aunque ahora sólo de la parte verbal.
Fíjate en la cadencia de su voz, el ritmo, el tono… Verás que todos estos detalles comunican incluso más que las propias palabras. Te dejo aquí un artículo sobre ello para que puedas profundizar un poco más.
En esta ocasión se trata de cerciorarnos de lo que está pasando.
Para ello, cuando estés con alguien, interésate de verdad en esa persona. Deja que se exprese sin interrumpir para dar tu opinión, permite que exprese lo que piensa y sienta durante un tiempo.
No juzgues, tan sólo escucha y céntrate en su lengua verbal y no verbal. Si al finalizar su discurso necesitas alguna aclaración, pregunta de forma amable y respetuosa, mostrando interés genuino por conocer más. Nada de críticas ni juicios.
Toma la información que has recabado hasta el momento y reflexiona sobre ella.
Plantéate cómo construye su realidad (qué experiencias le han llevado a tener esas necesidades, creencias o valores). Reflexiona sobre cómo ha llegado a sus conclusiones, y cómo pueden afectarle dichas conclusiones, a qué pensamientos y conductas le llevan…
Cambia ahora el foco de atención y sumérgete en ti. Ten en cuenta que entendemos lo que reconocemos en nosotros mismos. Por eso, busca emociones, actitudes o comportamientos tuyos que puedan ser similares.
Plantéate cómo solías hablar, actuar o pensar cuando sentías esas emociones que está experimentando la otra persona.
Si bien la práctica te hará maestro en empatía, te dejo un ejemplo práctico para que te sirva de guía. Comencemos:
De este modo te será más fácil visualizarlo.Es más sencillo comprender a alguien a alguien que tienes presente.
Por ejemplo, Marisa es la madre de una amiga de mi hija.
Explica brevemente sus actitudes, comportamientos, comentarios…
Por ejemplo, Marisa critica constantemente a las otras mamás y a las profesoras del centro. Habla levantando la voz, señala con el dedo en forma amenazante y se expresa de forma despectiva al referirse a los demás.
Describe tus reacciones, comportamientos, pensamientos y emociones al respecto.
Por ejemplo, me hace sentir mal porque no muestra respeto hacia otros. Además, me incomoda la violencia verbal que manifiesta.
Por ejemplo, puede que Marisa se sienta desplazada o no aceptada por las otras mamás, puede que se sienta cierta amenaza o juzgada ante las bajas calificaciones de su hija.
Para asegurarnos que estamos interpretando bien su mensaje te animo a que lo digas en voz alta, a modo de resumen, incorporando la emoción que crees siente esa persona.
Por ejemplo: si te he entendido bien, Marisa, estás enfadada porque algunas madres…
¿En qué situaciones actúas de esa forma?, ¿a qué crees que se debe?, ¿cómo te sientes en esos momentos?
Ejemplo: cuando creo que mi expareja me quiere hacer de menos levanto la voz porque siento que se pone en entredicho mi valía o que quiere manipularme.
Por ejemplo: creo que Marisa piensa que la vamos a hacer de menos o no vamos a tener en cuenta su punto de vista. Quizás Marisa sienta que se cuestiona su valía o se valore mal a sí misma.
Por ejemplo: creo que si yo me sintiera menos preciada o dudara de mis capacidades me sentiría mal con el mundo y mal conmigo misma y trataría de hacerme notar. En tal caso, me gustaría saber que mi opinión y punto de vista se tiene en cuenta tanto como el de otros.
El desarrollo de la empatía es un proceso que dura toda la vida, se va aprendiendo con las experiencias.
Aunque todos tenemos empatías, no todos la hemos desarrollado en igual medida. Es más, incluso nosotros mismos no siempre la aplicamos por igual.
En algunas ocasiones sacamos un lado más empático que en otras, pues sólo podemos empatizar con aquello que nos resulta familiar.
Desarrollar nuestra empatía es posible incluso en la edad adulta, aunque requiere de esfuerzo y constancia.
En cualquier caso, si deseas saber más sobre la empatía y cómo desarrollarla, me tienes a tu disposición.
