La de veces que habré escuchado eso de: “siento que mi vida no me llena y no sé exactamente por qué”. Lo curioso es que no siempre se presenta en el mismo formato, cada persona lo vive y expresa de forma diferente.
A veces es una sensación de vacío; otras, una especie de aburrimiento permanente.
También puede aparecer como apatía, como falta de ilusión o como esa sensación de estar haciendo muchas cosas, pero sin disfrutar realmente de ellas.
Y quizá lo más desconcertante es que, cuando miras tu vida desde fuera, no encuentras una explicación evidente.
La sensación de vacío: ¿por qué me siento mal si, en realidad, no me falta nada?
La lista
Un día hizo una lista de todo lo que tenía que agradecer. La miró durante un rato y, por primera vez, se permitió reconocer algo que le daba vergüenza decir en voz alta: no le faltaba nada y, aun así, le faltaba ella.
Hay momentos en los que, aparentemente, no hay ningún motivo concreto para sentirte mal: tienes trabajo, familia, alguien que te quiere, una vida que, desde fuera, puede parecer perfectamente normal e incluso envidiable.
Y, sin embargo, algo dentro de ti no termina de encajar, no te llena.
Te levantas, haces lo que tienes que hacer, cumples con tus obligaciones, resuelves problemas, atiendes a los demás… y los días pasan, pero cada vez aparece con más frecuencia una sensación difícil de explicar: «Siento que mi vida no me llena».
Y quizá lo primero que haces es intentar descubrir qué está fallando. Y empiezas a revisar tu lista:
¿Será mi trabajo?
¿Tal vez mi relación?
¿Necesito cambiar de ciudad?
¿Debería hacer algo diferente?
¿Me he acomodado demasiado?
¿Soy una persona desagradecida por sentirme así cuando, en realidad, no me falta nada?
Revisas y revisas, pero nada. Y al comprobar que en tu lista no hay nada grave que esté fallando, quizás hasta te sientas culpable. De hecho, ese malestar por notar que no estás feliz pese a tenerlo “todo”, y esa emoción incómoda por no sentirte agradecido por ello, puede que empieces incluso a notarlo en el cuerpo.
Tal vez tú también lo has sentido: una sensación de opresión en el pecho, inquietud, dificultad para disfrutar o incluso problemas para dormir.
Sin embargo, por lo que he visto en mi consulta, el problema no suele ser que no seas agradecido/a, o que te falte conseguir más cosas. A veces tiene más que ver con cómo estamos viviendo, con aquello a lo que hemos ido renunciando, con necesidades que llevamos tiempo sin atender o con una desconexión progresiva de nuestra propia vida.
Cuando tu vida funciona, pero tú no disfrutas de ella
El ruido
Llenaba los días de planes, trabajo, series, mensajes y cosas pendientes. No soportaba quedarse quieta. Quizá porque, cuando todo se callaba, aparecía una pregunta que llevaba demasiado tiempo evitando: «¿Y si esta vida no es la que quiero?».
Quizá por eso nos cuesta tanto parar. Porque cuando dejamos de hacer, también dejamos de distraernos. Y es entonces cuando algunas preguntas que llevamos tiempo evitando empiezan a hacerse más difíciles de ignorar.
Ahora bien, sentir este vacío no significa necesariamente que tengas que cambiarlo todo. He visto a personas desmontar su vida por un arrebato, pero luego sentirse exactamente igual de vacíos, e incluso más.
Por eso, antes de pensar en grandes decisiones, quizá necesites entender qué hay detrás de esa sensación.
A veces no existe una gran crisis.
No hace falta que haya ocurrido algo terrible para sentirte vacío. Lo sé, eso suele ser muy desconcertante, porque cuando existe un problema evidente es más fácil entender el malestar.
Por ejemplo, si odias tu trabajo, puedes pensar en cambiarlo. Cuando tu relación es conflictiva, puedes plantearte qué hacer. Si tienes un problema económico, puedes buscar soluciones.
Pero, ¿qué haces cuando no puedes señalar nada concreto y simplemente piensas: «No sé qué me pasa, pero esta no es la vida que quiero vivir»?
Porque, aunque suene cursi, una vida puede estar muy bien construida por fuera y, aun así, sentirse extraña por dentro. Algo así como darle vueltas al café en una dirección distinta a la habitual: sabes que no hay nada malo en ello, pero lo sientes raro.
Y cuando lo que sientes extraño y vacío es tu propia vida, puede resultar bastante confuso e incluso doloroso.
Cuando tu vida se convierte en una sucesión de “tengo que”
La casa
Tenía una vida que, sobre el papel, le gustaba. Una casa, un trabajo, planes, personas que la querían. Pero cada noche, al cerrar la puerta, tenía la sensación de estar volviendo a una vida que alguien había elegido por él.
Cuando llevas mucho tiempo funcionando en piloto automático, puedes llegar a confundir estabilidad con bienestar.
Y por si te lo estás preguntando, no, no siempre es tan evidente.
A veces no hay nadie que te esté obligando, simplemente has aprendido a funcionar de una determinada manera: cumplir, responder, cuidar, ser responsable, evitar conflictos…
Y todo eso puede ser necesario y, además, formar parte de quién eres. Y no está mal.
El problema aparece cuando tu vida está llena de “tengo que” y cada vez hay menos espacio para preguntarte cómo estás tú dentro de esta vida.
Porque puedes pasar mucho tiempo sosteniendo una vida que funciona sin detenerte a comprobar si esa forma de vivir te está haciendo bien.
Y esto no significa que tengas que convertirte en una persona egoísta, abandonar tus responsabilidades o hacer siempre lo que te apetezca.
Significa algo mucho más sencillo: que tus necesidades y tus sueños también merecen ser tenidos en cuenta. Porque, como ya hablé en otro artículo, la gente que siempre puede con todo también se rompe.
Cuando la vida que construiste ya no encaja contigo
El espejo
Se miró al espejo y pensó que todo estaba en orden. Tenía la vida que había imaginado años atrás. Lo que no había previsto era que, cuando por fin la consiguiera, quizá ya no fuera la persona que la había soñado.
Esta es una realidad que he visto muchas veces y que puede llevar a generar culpa.
Cuando has conseguido aquello que durante años pensabas que te haría feliz: ese trabajo, esa relación, esa casa, esa estabilidad, esa familia, ese objetivo que tanto te costó alcanzar… y aún así sientes vacío por dentro, puedes llegar a pensar: “Si tengo todo lo que quería, ¿por qué no me siento bien?, ¿por qué me siento vacío?”
Y esto puede ocurrir sin que exista ningún gran error. Incluso aunque los sueños que has perseguido fueran los tuyos propios y no los de otros.
A veces confundimos el alivio de haber conseguido algo con la satisfacción profunda de estar viviendo una vida que nos hace bien.
Y cuando el alivio desaparece, pensamos que necesitamos conseguir otra cosa. Entonces aparece un nuevo objetivo, y después otro, y otro…
Hasta que podemos pasar años persiguiendo aquello que creemos que finalmente nos hará sentir bien.
Esto es muy frecuente y muy normal, porque las personas cambiamos y evolucionamos. Cambian nuestras necesidades, nuestras prioridades, nuestras relaciones con el trabajo, con la familia, con el tiempo, con el dinero, con el descanso…
Ahora bien, muchas veces olvidamos que, lo que en una etapa de tu vida te daba seguridad y dirección, puede dejar de hacerlo años después.
Y reconocerlo no significa que todo lo que hiciste antes estuviera mal.
Significa, simplemente, que tu vida necesita espacio para adaptarse a la persona en la que te has convertido.
Hace unos meses escribí un artículo precisamente sobre esa dificultad para saber qué quieres. Puedes leerlo aquí: Me preguntó: «¿Qué quieres en la vida?»… y no supe responder
Pero debes tener en cuenta algo importante: quizá no necesitas preguntarte inmediatamente: “¿Qué quiero hacer con mi vida?”
Quizá antes necesites observar algo más sencillo: “¿Cómo me estoy sintiendo viviendo la vida que tengo?”
Porque quizá no tengas claro qué quieres en tu vida a día de hoy (suele llevar tiempo averiguarlo), pero sí puedas reconocer que algo de cómo la estás viviendo ya no te hace sentir bien, y eso puede ser ya el inicio de un importante cambio.
Cuando llevas demasiado tiempo haciendo “lo correcto”
La foto
En las fotos siempre sonreía. Por eso nadie entendía cuando decía que algo no iba bien. Ella tampoco sabía explicarlo. Solo sabía que se reconocía en todas las fotografías y, sin embargo, cada vez se reconocía menos en su propia vida.
Como te vengo señalando, hay personas que pasan mucho tiempo funcionando correctamente a ojos de los demás, aunque por dentro estén desconectadas. Trabajan, cuidan, cumplen, se relacionan, resuelven, incluso pueden divertirse.
Pero hay una diferencia entre hacer cosas que te gustan y sentir que tu vida, en conjunto, tiene sentido para ti.
Y quizá por eso te resulte tan difícil explicar lo que te ocurre.
Porque no estás necesariamente triste todo el tiempo ni mal en todos los ámbitos.
Simplemente aparece una sensación persistente de: “Debería sentirme más feliz de lo que me siento”.
Y cuanto más intentas convencerte de que deberías estar bien, más difícil puede resultarte escuchar qué está ocurriendo realmente, y te duele vivir con resignación.
Cinco señales de que puedes estar desconectándote de tu propia vida
No sentirte lleno con tu vida no significa necesariamente que tengas que cambiarla por completo y destruirlo todo. Tal vez sólo necesites virar tu rumbo unos grados.
Estas son algunas señales que pueden ayudarte a observar dónde estás y ver qué está ocurriendo en tu vida:
1. Haces muchas cosas, pero pocas te ilusionan, incluso aunque sean «buenos planes»
Tu agenda está llena, pero esperas constantemente a que llegue el fin de semana, las vacaciones o “ese momento” en el que podrás disfrutar.
Y cuando llegan, sientes un aburrimiento o inquietud difíciles de calmar porque con frecuencia no sabes qué hacer con tu tiempo. Hay personas que han aprendido a sobrevivir tanto dentro del caos, las prisas y las urgencias, que la paz y la tranquilidad pueden llegar a inquietarles. Si quieres saber más sobre esto, puedes echarle un vistazo a mi artículo sobre ¿Por qué tengo miedo a que algo malo pase cuando todo va bien?
2. Tu día a día te produce más obligación que satisfacción.
Cumples con todo, pero sientes que gran parte de tu vida consiste en responder a lo que toca, sin apenas espacio para aquello que te aporta energía o bienestar.
Antes de preguntarte qué quieres, piensas qué necesitarán los demás, qué pensarán, si se enfadarán o si estarás decepcionándolos y, al final, acabas actuando más por obligación que por satisfacción (de esto hablé en profundidad en el artículo sobre por qué las personas fuertes también se agotan emocionalmente).
3. Sientes que siempre falta algo y estás esperando a que empiece tu vida
Consigues algo y, poco después, ya estás pensando en lo siguiente, como si la satisfacción estuviera siempre un poco más adelante.
Al final, notas que vives como en pausa, esperando el «cuando»: “Cuando termine esto o aquello”, “Cuando tenga más tiempo…”, “Cuando los niños sean mayores…”, “Cuando esté mejor…”, “Cuando tenga pareja…”, “Cuando cambie de trabajo…”
Sin embargo, te diré algo que ya sabes: sólo existe el presente y, si no lo disfrutas, se te escapa de los dedos. Tienes más información sobre esto en mi artículo «se me pasa el arroz de la vida».
4. Te cuesta hacer incluso cosas que antes disfrutabas
No significa necesariamente que hayas dejado de quererlas, pero puedes notar menos ilusión, menos interés o menos capacidad para conectar con ellas. Incluso te puedes descubrir poniendo excusas para no hacerlas. Es como si te dieran pereza o no sintieses energía para llevarlas a cabo.
Si crees que este es tu caso, que te falta motivación o energía, puedes recurrir a mi artículo sobre cómo cargarse de energía.
5. Fantaseas constantemente con que un cambio externo solucionará cómo te sientes
Con frecuencia piensas en cambiar de trabajo, mudarte, empezar otra relación, tener más dinero, empezar de cero…
A veces esos cambios pueden ser necesarios, pero eso no quiere decir que realmente quieras o debas poner tu vida del revés sin pensar en sus consecuencias.
Por eso mismo, merece la pena que te plantees si estás buscando fuera una solución para un malestar interno. En muchas ocasiones, mi experiencia me ha mostrado que intentamos huir cuando todavía tenemos alguna herida abierta que nos incomoda. Y es que, la vida que quieres también necesita cerrar etapas.
Entonces, ¿tengo que cambiar mi vida o no?
No necesariamente del modo que puedes estar pensando.
Cuando el malestar aprieta, la mente suele tender a los extremos: «O aguanto esto para siempre o lo rompo todo hoy».
Pero hay un punto intermedio que muchas veces olvidamos y que te invito a visitar cada vez que sientas ese vacío interior.
Antes de tomar decisiones importantes, puedes empezar por observar qué está pasando cuando sientes esa desconexión interna, porque:
- Quizá necesites cambiar algunas circunstancias, como poner límites firmes pero amables.
- Tal vez necesites descansar y recuperar espacios que regalaste por complacer.
- Quizá necesites revisar una relación y dejar de sostener relaciones desde la deuda emocional o la culpa.
- Puede que necesites comprender qué está ocurriendo emocionalmente antes de decidir qué hacer.
Hay veces que no debemos tirar las gafas que tenemos y volver a graduarlas. A veces basta con limpiarlas y mirar de nuevo.
Si sientes que tu vida no te llena, quizá tu primera reacción sea intentar hacer más, esforzarte más o cambiar algo rápidamente. En este vídeo te propongo mirar el problema desde otro lugar: ¿y si no necesitas empujar más fuerte, sino comprobar si estás empujando en la dirección adecuada?
¿Y si el problema no son tus circunstancias, sino la forma en que te relacionas contigo?
Te propongo un experimento breve que suelo usar en consulta con mis clientes:
Imagina que mañana pudieras cambiar todas las circunstancias externas. Tendrías otro trabajo, otra casa, más dinero, más tiempo, otra relación… lo que sea que creas que está fallando en tu vida y que crees que no depende de ti.
¿Crees que automáticamente te sentirías conectado contigo?
Puede que sí, pero también puede ocurrir que sigas repitiendo los mismos patrones.
Por ejemplo, si llevas años adaptándote constantemente, buscando aprobación, exigiéndote demasiado o dejando tus necesidades para después, cambiar de escenario no necesariamente hará que esas formas de relacionarte contigo desaparezcan.
Cambiar las circunstancias externas puede ayudarte, pero no siempre resuelve aquello que ocurre dentro de ti.
Puedes cambiar de pareja y seguir sintiendo que no eres suficiente, o puedes cambiar de trabajo y seguir sintiendo vacío. También puedes mudarte y seguir sin saber qué quieres.
Y es que, puedes conseguir más cosas y seguir esperando que la siguiente sea la que finalmente te haga sentir bien.
Los patrones tienden a repetirse. No porque haya nada defectuoso en ti, sino porque son herramientas que en algún momento de tu vida te funcionaron.
Sin embargo, una vida que funciona por fuera no siempre implica que funcione por dentro, y de ahí esa sensación de vacío.
Empieza por observar, no por cambiarlo todo
Si llevas tiempo sintiendo que tu vida no te llena, no necesitas encontrar hoy mismo una respuesta definitiva.
Puedes empezar por observar.
Durante los próximos días, pregúntate:
- ¿En qué momentos me siento más conectado con mi vida?
- ¿Qué actividades me dejan con más energía y cuáles me dejan completamente vacío?
- ¿Cuándo estoy disfrutando de verdad y cuándo simplemente estoy esperando a que pase el día?
- ¿Qué estoy utilizando para distraerme de lo que siento y aplazar lo que me preocupa?
- ¿Estoy esperando que algo externo cambie para permitirme empezar a sentirme bien?
No hace falta que respondas a todo de golpe ni que intentes encajar tu respuesta en convencionalismos sociales. Tus respuestas son sólo para ti y la honestidad te será una gran aliada.
La intención de estas preguntas es simplemente que puedas empezar a observar.
A veces, antes de que puedas saber exactamente qué necesitas o qué quieres, es prioritario que dejes de dañarte o de negar lo que estás sintiendo.
Tu vida no tiene que parecer perfecta para que te llene
Quizá ahora mismo estés mirando tu vida y pensando que debería hacerte más feliz.
Quizá incluso te sientas culpable por no estar agradecido, pero agradecer lo que tienes y reconocer que algo no está funcionando bien pueden coexistir.
Puedes querer a tu pareja y necesitar cambios en la relación.
También puedes valorar tu trabajo y sentir que necesitas otra dirección.
Puedes querer a tu familia y necesitar más espacio propio.
O, sencillamente, puedes estar agradecido por tu vida y, al mismo tiempo, reconocer que hay partes de ella que ya no encajan contigo.
No necesitas justificar tu malestar diciendo que todo está mal.
Y tampoco necesitas esperar a que todo esté mal para empezar a cuidarte.
Porque quizá la pregunta no sea: “¿Por qué mi vida no me llena?”
Quizá sea: “¿Qué está ocurriendo en mí cuando miro la vida que tengo y siento que no me llena?”
Fíjate, esa pregunta no te obliga a cambiar nada inmediatamente, pero puede ayudarte a empezar a comprender.
Y quizá eso sea mucho más útil que seguir intentando llenar el vacío consiguiendo algo más.
Si esta sensación lleva tiempo contigo
Sentir que tu vida no te llena de forma puntual puede formar parte de cualquier etapa de cambio, cansancio o adaptación.
Pero si esta sensación se mantiene, afecta a tu bienestar o se acompaña de apatía, tristeza, ansiedad, falta de ilusión o dificultad para disfrutar, puede ser importante no limitarse a “obligarte a ser positivo”. De hecho, ya en otro artículo hablé precisamente de que el pensamiento positivo no siempre es bueno.
A veces necesitamos entender qué hay detrás de ese malestar y qué hemos ido dejando de lado en el camino.
Y hacerlo acompañado puede ayudarte a verlo con más claridad.
Si estás en Alcorcón o prefieres realizar el proceso online, puedo acompañarte en terapia para explorar qué está ocurriendo y qué necesitas para empezar a sentirte mejor dentro de tu propia vida.
