Aunque a veces nos empeñemos en ello, cerrar etapas no consiste en olvidar lo que has vivido. Bajo mi punto de vista, consiste en aceptar que hay versiones de ti que ya no podrán ser. Como la versión de vida que querías construir con esa persona, ese trabajo, ese lugar…
Quizás tú también experimentaste algo parecido a lo que vivió mi cliente:
«Durante semanas siguió guardando aquella llave en el cajón de la entrada. Ya no abría ninguna puerta, pero tirarla significaba aceptar que nunca volvería a entrar en aquella casa.»
Las despedidas duelen, aunque no todas por igual. Algunas por lo que tuvimos y perdimos y otras por lo que pudo haber sido y no fue.
Es por eso que cuando vemos a alguien anclado en el pasado, a veces creemos que le cuesta avanzar, pero en realidad, lo que suele costarnos a todos es despedirnos.
Porque cada despedida no solo implica perder algo, también implica dejar de ser la persona que éramos mientras aquello existía.
Tal vez por eso las despedidas resultan tan difíciles. Porque rara vez nos despedimos solo de un lugar, de una relación o de un trabajo. También nos despedimos de la persona que fuimos mientras todo aquello formaba parte de nuestra vida.
Toda pérdida es también una crisis de identidad
Cuando pensamos en un duelo solemos imaginar el dolor por la pérdida de alguien o de algo importante.
Sin embargo, pocas veces hablamos de esta otra pérdida que lo acompaña: la de nuestra propia identidad.
No lloramos únicamente a la pareja que nos dejó, a la persona fallecida o al empleo que terminó. También lloramos la versión de nosotros mismos que existía en esa etapa. Los planes compartidos, las rutinas, la forma de entender el futuro y la identidad que habíamos construido alrededor de todo ello.
Por eso hay personas que, meses o incluso años después de una ruptura, o de un cambio importante, dicen algo que escucho con frecuencia en consulta: «Ya no sé quién soy.»
Y no es una exageración. Es una experiencia psicológica real.
Los yos posibles
La ciencia lleva décadas estudiando cómo construimos nuestra identidad ya sea para conocernos mejor o para vendernos algún producto que nos haga sentir más fuertes, listos o elegantes. La cuestión no es esa, sino lo que han ido mostrando sus resultados.
De hecho, hay una teoría que me resulta especialmente interesante. Es la de los «possible selves» o «yos posibles», propuesta por las psicólogas Hazel Markus y Paula Nurius.
Según esta teoría, nuestra identidad no está formada únicamente por la persona que creemos ser hoy. También incluye la persona que esperamos llegar a ser y aquella en la que tememos convertirnos.
La de veces que me habrán dicho en consulta eso de “no tengo claro quien quiero ser, pero sí sé que no quiero parecerme a mi padre/madre”.
Y sin darse cuenta, empiezan a proyectar e imaginar cómo será su yo futuro ese al que aspiran conseguir… Pero a veces, llega la vida y nos tira por delante los sueños. Una ruptura, una muerte, un despido, una mudanza… nos empujan a cerrar etapas para las que quizás no estábamos todavía preparados.
Por eso, cuando una etapa termina, no solo perdemos una realidad. A veces también perdemos el futuro que habíamos imaginado.
No solo duele una ruptura de pareja, también duele la familia que imaginabas formar.
De igual modo, no solo duele perder un trabajo, también duele la versión de ti que aspirabas a ser en ese puesto.
No solo duele un diagnóstico, también duele la vida que creías que ibas a vivir.
Quizá por eso algunas despedidas resultan tan difíciles. Porque no solo despiden el pasado, también despiden un futuro que ya no podrá existir. Es más, también implica adentrarse en un futuro incierto y aceptar nuevos cambios que todavía no sabes por dónde llegarán.
El cerebro también necesita reorganizar la historia
Sigamos con otro dato curioso.
Pese a lo que algunos pensaban, desde la neurociencia sabemos que nuestra memoria no funciona como una grabación de vídeo.
Cada vez que recordamos una experiencia, el cerebro la reconstruye y, por tanto, nuestro recuerdo puede modificarse. A esto se le llama reconsolidación de la memoria, y nos permite actualizar nuestros recuerdos a medida que vivimos nuevas experiencias. Ya hablé de ello en otro artículo en el que planteaba si debido a ello podíamos o no tener recuerdos falsos.
En cualquier caso, hoy quiero hablarte de otra cosa, porque este mismo mecanismo tiene otra consecuencia importante y muy útil a la hora de cerrar etapas.
Cómo te ayuda tu mente a pasar página
Cuando una etapa termina, no solo tenemos que aceptar lo que ha ocurrido. También necesitamos reconstruir la historia que nos contamos sobre quiénes somos ahora.
Y eso requiere tiempo.
Porque no basta con aceptar que alguien ya no está o que una situación ha cambiado.
También necesitamos encontrar un nuevo lugar desde el que mirar esa historia y entender quién somos después de ella.
Por eso hay despedidas que no duelen solo porque perdamos algo, duelen porque nos obligan a reorganizar nuestra identidad.
Y es aquí donde aparece de nuevo la reconsolidación de la memoria, porque nos permite integrar información nueva, modificar aprendizajes e incluso cambiar la forma en que damos significado a lo vivido.
Investigaciones de psicólogos como Elizabeth Loftus demostraron hace décadas que nuestros recuerdos son mucho más flexibles de lo que solemos creer. No revivimos el pasado exactamente igual: lo reinterpretamos desde la persona que somos hoy.
No puedes cambiar lo que ocurrió, pero sí puede cambiar la forma en que recuerdas e interpretas aquello que ocurrió
La relación terminó, pero no fue como recuerdas
Imagina a alguien que termina una relación y lleva años pensando: “Me dejó porque no fui suficiente.”
El acontecimiento puede ser inmodificable: la relación terminó.
Pero esa persona puede haber construido, a partir de ese acontecimiento, una memoria autobiográfica mucho más amplia:
“No fui suficiente → no me eligió → algo defectuoso hay en mí → siempre me acabarán dejando.”
Con el tiempo, cuando recuerda la relación, no está recuperando únicamente los hechos. Está recuperando los hechos desde el significado que tienen hoy para ella.
Y eso es fundamental.
Porque podemos trabajar para que la misma historia autobiográfica adquiera un significado diferente:
“Aquella relación terminó y me hizo muchísimo daño. Durante mucho tiempo interpreté aquello como una prueba de que yo no era suficiente. Hoy puedo reconocer que estaba intentando conseguir de aquella persona algo que ella no podía o no quería darme. Aquello terminó, pero no determina mi valor ni mi capacidad para construir una relación diferente.”
No hemos creado un recuerdo falso. Hemos construido una nueva interpretación autobiográfica de un acontecimiento real.
Cerrar una etapa no consiste en borrar el recuerdo. Consiste en conseguir que, cuando mires hacia atrás, ya no tengas que volver a ser la persona que eras entonces.
Pero, ¿qué pasa si no hacemos ese cierre y pretendemos seguir viviendo desde quién éramos como si nada hubiera cambiado en nosotros?
El coste oculto de no despedirse
Cuando pensamos en una despedida solemos asociarla al dolor.
Creemos que el mayor coste consiste en llorar una pérdida, echar de menos a alguien o aceptar que una etapa ha terminado.
Sin embargo, desde mi experiencia en consulta, el mayor coste no suele ser ese.
El verdadero coste es quedarse dividido entre dos vidas.
Una parte de ti intenta seguir adelante. Va a trabajar, queda con amigos, hace planes e incluso sonríe.
Pero otra parte sigue viviendo en el pasado. Continúa manteniendo conversaciones que ya terminaron, imaginando cómo habrían sido las cosas si hubiera tomado otra decisión o esperando, aunque sea en silencio, que algo vuelva a ser como antes.
Es como intentar caminar con un pie en cada orilla de un río.
No estás completamente en el lugar del que vienes, pero tampoco consigues llegar al que tienes delante.
Y permanecer demasiado tiempo en esa posición resulta agotador.
Muchas personas creen que les falta fuerza para avanzar, pero por lo general no es así. Lo que suele ocurrir es que invierten gran parte de su energía en sostener una vida que ya no existe.
No porque quieran vivir en el pasado, sino porque todavía no han podido despedirse de él.
Despedirse no es olvidar
Perdóname si soy insistente con esto, pero no, despedirse no es olvidar.
Una de las razones por las que muchas personas retrasan una despedida es porque creen que hacerlo significa olvidar. Por ejemplo, tras una muerte, algunos creen que si se recuperan y retoman su vida olvidarán a quien los acompañó tanto tiempo.
Sería algo así como si dejar de sufrir fuera una forma de traicionar lo vivido.
Como si avanzar significara restarle importancia a una relación, a una etapa o a una persona.
Pero despedirse no consiste en borrar la historia, consiste en cambiar el lugar que esa historia ocupa en tu vida.
Por eso insisto tanto, porque no es olvidar, es dejar de vivir allí, en el dolor, en el pasado.
Todos podemos quedarnos anclados en el pasado, en esa vez que hicimos algo valioso y que relatamos como anécdota una y otra vez. O incluso en aquel mal trago que pasamos en una relación, para recordarnos que “somos las víctimas, los buenos, los supervivientes…”.
Quiero que tengas presente que no es malo seguir recordándolo. El problema es si pretendes seguir viviendo allí, en ese momento, sin ver que las cosas han cambiado en ti y a tu alrededor.
Si me lo permites, quiero hacerte una pregunta muy íntima no para juzgarte, sino para ayudarte a reflexionar y avanzar. Si te animas además a compartir tu respuesta, puedes dejarla en los comentarios. Quizás tu reflexión inspire a otros,
¿Qué versión de ti sigues intentando mantener viva?
Aquí te confieso que sí, yo también lo he hecho, y varias veces. Te comparto una de ellas.
Aunque hace más de 25 años que acabé la universidad, tardé años en tirar los apuntes que tenía (incluso los del instituto).
Era como si conservarlos me mantuviera más cerca de la persona que fui entonces, como un salvavidas de una etapa que ya no se repetiría jamás.
Con el tiempo comprendí que aquellos papeles ya no guardaban mi pasado, tan solo ocupaban espacio.
Y, de algún modo, también dificultaban que pudiera reconocer en quién me estaba convirtiendo, una mujer adulta que no podía refugiarse tras ellos.
Y quizá te estés preguntando por qué cuesta tanto desprenderse de cosas que, objetivamente, ya no necesitamos.
No es el objeto lo que nos cuesta soltar. Es lo que representa.
En este vídeo te explico por qué algo tan aparentemente sencillo como tirar una fotografía vieja puede remover emociones que creíamos olvidadas.
Quizá tú no guardes unos apuntes, pero tal vez conserves una conversación que vuelves a leer una y otra vez. Puede que te hayas aferrado a una promesa, una culpa, una expectativa, o una versión de ti que ya no existe.
Por eso, estoy aquí para recordarte algo importante: La vida que quieres necesita espacio
Las despedidas no solo cierran historias, también liberan energía.
La energía que antes necesitabas para mantener abierta una puerta por la que ya no puedes pasar puede empezar, por fin, a invertirse en construir otras nuevas.
A veces creemos que crecer consiste en añadir cosas nuevas, pero muchas veces crecer consiste, simplemente, en dejar espacio.
Porque la vida que quieres no solo necesita decisiones, también necesita despedidas.
Y quizá aquella llave merecía seguir existiendo, lo único que ya no necesitaba era seguir en el cajón de la entrada y verla cada día.
Porque algunas cosas no están para abrir puertas, están para recordarnos las que un día fuimos capaces de cerrar.
