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El problema no es sobrepensar. Es que intentas controlar lo incontrolable

«Llevaba semanas dándole vueltas a la misma decisión porque sobrepensar se había convertido en su única forma de gestionar la incertidumbre. En el fondo ya sabía la respuesta, pero seguía pensando. No porque necesitase una respuesta nueva, sino porque aceptar la que ya tenía significaba dar un paso que todavía le daba miedo.»

Quizá tú también hayas sentido alguna vez algo parecido. Sientes que no dejas de darle vueltas a lo mismo, revisas conversaciones, imaginas escenarios, buscas una explicación más… Y lo haces de forma automática, como si pensar una vez más fuera a darte la tranquilidad que todavía no has encontrado.

Pero ¿y si el problema no fuera ese?

¿Y si el verdadero problema no fuera el exceso de pensamientos, sino la necesidad de controlar aquello que, por mucho que pienses, nunca dependerá completamente de ti?

Tal vez no te estén faltando respuestas, o tal vez sí, pero en el fondo, la mayoría de las personas que sobrepiensan buscan algo mucho más profundo.

Si a ti también te ha pasado, si te has pillado pensando demasiado sobre lo mismo, lo que hoy te comparto en este artículo puede ayudarte a entenderlo mejor.

El sobrepensar no busca únicamente evitar el dolor, también suele buscar el dejar de sentirnos vulnerables y hacernos sentir que tenemos el control de nuestra vida, para así estar más tranquilos.

Por eso, ¿de verdad sobrepiensas porque te faltan respuestas… o porque intentas controlar lo que nunca podrá controlarse?

Cuando pensar deja de ayudarte

Un estudio de 2020 de Jordan Poppenk y Julie Tseng en la Universidad de Queen’s (Canadá), mostró que tenemos una media de 6.000 pensamientos al día. Esto es algo así como tener un pensamiento cada 3 respiraciones.

Pensar forma parte de las funciones que tiene nuestro cuerpo, como respirar, hacer la digestión o parpadear.

Pensamos sin que necesitemos hacer ningún esfuerzo para ello y, como sabes, tiene grandes ventajas para nosotros: nos ayuda a resolver problemas, a aprender, tomar decisiones…

El problema aparece cuando empezamos a prestarle una atención desmedida o para utilizarlo para algo que realmente no está creado.

Si pruebas a observar minuciosamente cómo parpadeas, al final acabas encontrando algo extraño en la forma en que lo haces. De igual modo, si empiezas a mirar tus pensamientos de forma obsesiva, analizando todo lo que pasa por tu mente, encontrarás que también hay incomodidad y extrañeza.

Por otro lado, cuando dejamos de utilizar el pensamiento para comprender la realidad y empezamos a utilizarlo para intentar dominarla, ahí nacen los bucles mentales: repasas una conversación una y otra vez, imaginas todas las respuestas posibles antes de enviar un mensaje, revisas una decisión veinte veces, buscas una explicación nueva, después otra, y otra más… ¿Te suena?

Lo haces no porque cada una te acerque a la solución, sino porque cada una te hace sentir, durante unos segundos, que todavía estás haciendo algo para evitar que las cosas salgan mal.

Es algo así como obsesionarse con respirar más deprisa. Al final generas malestar, sensación de mareo, hiperventilación… e incluso lo puedes confundir lo que sientes con un ataque de pánico o un ataque cardiaco.

El verdadero objetivo del sobrepensamiento

Yo diría que si no todos, la gran mayoría hemos sobrepensado alguna vez. Esto es así porque en parte tiene su utilidad al calmarnos momentáneamente, pero como sabes, no es oro todo lo que reluce.

Muchas personas llegan a consulta diciendo exactamente lo mismo: «No puedo dejar de darle vueltas», pero la pregunta verdaderamente útil que les hago en terapia no es «¿por qué piensas tanto?», sino: ¿Qué estás intentando controlar mientras piensas?

Es curioso, pero casi nunca pensamos por el simple placer de pensar (bueno, a algunos sí nos gusta filosofar, 😉 pero no lo hacemos con tanta frecuencia).

Por lo general, pensamos para intentar reducir la incertidumbre del futuro o para entender el pasado. Lo hacemos para asegurarnos de que no nos vuelvan a hacer daño o de que no volveremos a equivocarnos. Y es que, el darle otra vuelta más a un mismo problema nos hace al creer que tenemos todas las variables bajo control.

Por eso, por norma general, sobrepensamos para intentar anticiparnos a cualquier problema antes de que ocurra. Intentamos anticiparnos a lo que pueda salir mal (aunque eso signifique escrudiñar el pasado para entenderlo o ponerse en los peores escenarios posibles de un futuro imaginario que tememos ocurra).

Es decir, en el fondo, no estamos buscando información, estamos buscando seguridad. Lo curioso es que, el pensamiento promete una seguridad que nunca nos puede ofrecer.

Y, curiosamente, en lugar de lograrla, puede generarnos problemas de ansiedad, estrés, bloqueos emocionales, parálisis en la toma de decisiones…

El overthinking no es un simple miedo

A lo largo de tantos años en consulta, me he dado cuenta de que sobrepensamos no simplemente por miedo, sino por mucho más.

El miedo al rechazo, al abandono, al fracaso o al error, por ejemplo, pueden llevarnos a darle vueltas a aquello que tememos. Sin embargo, hay otra razón mucho más silenciosa y también mucho más difícil de reconocer por la que sobrepensamos. En algunas ocasiones, pensamos en exceso porque buscamos una sensación de poder.

Queremos sentir que vamos un paso por delante de la vida, que seremos capaces de prever cualquier catástrofe. Pensamos erróneamente que si pensamos lo suficiente nadie podrá pillarnos con la guardia baja, que esta vez no nos cogerán por sorpresa y estaremos preparados para cualquier mal trago con el que quiera sorprendernos la vida, o simplemente para quedar por encima de otros.

Muchas veces queremos sentir que somos más listos que otros y por eso intentamos encontrar ángulos distintos, puntos que a otros se les haya pasado, y seguimos pensando sobre la ya repensado. Es una forma muy sofisticada de intentar negociar con la incertidumbre. Como si nuestra mente dijera: «Si analizo todo lo suficiente, nada podrá sorprenderme.»

Y esa sensación resulta tremendamente tranquilizadora y adictiva, aunque solo sea una ilusión, porque la mente no necesita que el control sea real para sentirse más tranquila, le basta con creer que todavía lo está intentando.

Este deseo de control o poder a veces nace de necesidad de seguridad. Sería algo así como:  «Si tengo el control, no podrán volver a hacerme daño.»

A veces el sobrepensamiento también es una forma de proteger nuestra autoestima. Nos hace creer que, si analizamos una posibilidad más que los demás, si encontramos un detalle que nadie ha visto, estaremos más preparados y volveremos a sentirnos seguros. No es arrogancia. Es una manera de intentar no volver a sentirnos indefensos.

Otras veces incluso es una forma de compensar la vergüenza, porque algunas personas que fueron ridiculizadas o rechazadas desarrollan la fantasía inconsciente de no volver a estar «abajo», y se convierten en estrategas que les haga ir siempre un paso por delante, aunque eso les suponga revisar constantemente sus pensamientos.

Por eso, el overthinging, como lo llaman algunos, es mucho más que un simple miedo. Puede marcar tu forma de vivir si no tienes cuidado.

¿Por qué sobrepensamos? La gran confusión de la mente

Pensar en exceso de forma rumiativa es agotador y, pese a ello, hay veces que caemos en esa trampa mental.

Este tipo de pensamiento persistente no surge de la nada, sino que suele ser un intento de nuestra mente de protegernos.

Nuestro cerebro está diseñado para detectar amenazas. Por eso, cuando percibe incertidumbre, intenta eliminarla y, para ello, busca patrones, compara posibilidades, imagina escenarios…

El problema aparece cuando confunde dos cosas completamente distintas: pensar y resolver.

Hay decisiones que mejoran cuando reflexionamos, pero hay otras en las que seguir pensando ya no aporta claridad. Al contrario. Solo alimenta la ansiedad y refuerza la procrastinación.

Lo veo mucho en consulta en personas que revisan una y otra vez la infidelidad de su pareja, o que posponen tomar una decisión porque saben que eso supone enfrentarse a algo para lo que todavía no se sienten preparados.

Pero, por mucho que analices aquella conversación, nunca podrás controlar lo que la otra persona sintió, nunca tendrás la certeza absoluta de haber elegido el camino perfecto y, pese a que eres consciente de ello, sigues pensando. Porque mientras piensas sientes que todavía estás luchando, que todavía hay algo que puede salvar la situación.

Por eso, una parte de ti cree que, si analiza todo lo suficiente, conseguirá engañar a la incertidumbre.

Pero pensar sobre un problema no es lo mismo que actuar sobre él para resolverlo. Te pongo un ejemplo:

El coche en el barro

Imagina que mientras conduces quedas atrapado en el barro.

Si pisas el acelerador, oirás rugir el motor y verás las ruedas girar deprisa.

Desde dentro piensa que estás haciendo todo lo posible para salir de ahí, que es lo único que puedes hacer, pero desde fuera se ve claro, cuanto más aceleras, más se hunde el coche.

Con el sobrepensamiento ocurre exactamente lo mismo.

Cada nueva vuelta parece acercarte a la solución, pero muchas veces solo consigue hundirte un poco más en la ansiedad, la duda y el agotamiento.

No porque pensar sea malo, sino porque estás utilizando el pensamiento para intentar hacer algo que nunca podrá conseguir: frenar la incertidumbre.

Como si pudiera anticiparse a cada decepción, a cada error, a cada pérdida.

En el fondo no buscamos ser más inteligentes. Buscamos no volver a sentirnos indefensos.

Controlar lo incontrolable

Dejar de sobrepensar no significa dejar de pensar por completo (eso sería imposible además de poco útil). Cuando alguien me pregunta que puede hacer para dejar de pensar en exceso, suelo plantearles dos ideas:

  • Es importante asumir que, hay cosas que nunca dependerán completamente de ti. Si observas con atención aquello sobre lo que más sobrepiensas, descubrirás un patrón que casi siempre gira alrededor de cosas que nunca podrás garantizar. Por ejemplo, no puedes controlar que una persona siga queriéndote, que tu relación no termine, o que tus hijos no sufran.

Por eso, por mucho que le des vueltas y encuentres mil alternativas, como ninguna de ellas te ofrece una garantía absoluta, tu mente seguirá buscando una respuesta que no existe. Siempre queda un «¿y si…?», una posibilidad más, otra vuelta que dar.

  • El control no es lo contrario de la vulnerabilidad. Analizar hasta el infinito o intentar someter tus pensamientos no les va a dar la paz que anhelan. El sobrepensamiento muchas veces es la armadura que intenta ocultar esa vulnerabilidad. La verdadera fortaleza aparece cuando ya no necesitas controlar tu entorno para sentirte seguro contigo mismo.

De todas formas, si lo que buscas son ejercicios más prácticos para que puedas empezar a usarlos hoy mismo, en este vídeo, te comparto tres ejercicios que pueden ayudarte.

La pregunta que puede cambiarlo todo

La mayoría de las personas que llegan a consulta preguntándome cómo dejar de pensar tanto ya tienen miles de hipótesis sobre lo que les sucede. Por eso, como te decía al inicio, yo suelo proponerles otra pregunta que muchas veces han olvidado hacerse: ¿Qué estás intentando controlar ahora mismo, qué te asusta?

Porque esa respuesta suele cambiarlo todo. Como digo tantísimas veces, nuestras emociones están ahí para señalarnos algo que necesitamos ver, y si somos capaces de escucharlas y atenderlas, tendremos gran parte del camino hecho.

Cuando sabemos cuál es el motivo que nos lleva a sobrepensar, aquello que queremos controlar, después toca revisar si realmente depende o no de nosotros.

Como sabes, hay cosas que dependen de ti (por ejemplo: cómo comunicas, qué límites pones, qué decisión tomas con la información que tienes hoy, cómo te cuidas mientras atraviesas este momento…). Sin embargo, también hay otros aspectos que nunca dependerán completamente de ti (como lo que otra persona siente, el resultado final, el futuro, la opinión de los demás…).

Aceptar esta diferencia no elimina la incertidumbre, pero sí elimina una carga enorme, la de seguir luchando una batalla imposible de ganar. A veces tenemos que admitir que es el momento de parar y admitir que hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, que lo que queda por venir ya no depende de nosotros.

Si tu pareja está gravemente enferma, ya está siendo tratado por expertos, y tú no sabes de medicina, por muchas vueltas que le des, es muy posible que tú no puedas hacer mucho más que seguir las recomendaciones de los médicos. No es rendirse a esperar, es conservar fuerzas para cuando en realidad sí puedas estar ahí para apoyar en su recuperación.

  • Ana, pero es que en una situación como la que planteas no es fácil no preocuparse

Exacto, en una situación extrema es normal preocuparse, aunque no de forma indefinida 24-7. ¿Cuántas veces no llegas a una situación tan extrema y le das mil vueltas a cosas más banales? Preocuparse no es lo mismo que soprensar. El sobrepensar suele llevar implícito el «y si…». Siguiendo con el ejemplo extremo, la preocupación va más en la línea de «ojalá todo salga bien y se recupere pronto», el sobrepensamiento iría más en la dirección de » y si los médicos no han hecho bien su trabajo», «y si se muere», «y si…».

La paz nunca llega por ese camino

Vivimos como si estuviéramos a un pensamiento más de conseguir la tranquilidad definitiva.

Como si un último análisis, una última comprobación o una última conversación mental fueran a proporcionarnos, por fin, la certeza que llevamos tanto tiempo buscando, pero en la vida real, esto no ocurre. La paz no aparece cuando consigues controlar el futuro, aparece cuando dejas de exigirle a tu mente una seguridad que nadie puede tener.

Quizá no necesites pensar más. A lo mejor no te falta información, ni inteligencia, ni capacidad para analizar. Tal vez ya sabes mucho más de lo que crees.

Lo que ocurre es que aceptar algunas respuestas significa tomar decisiones que dan miedo. Y mientras sigues pensando… No tienes que dar ese paso.

A veces no seguimos pensando porque nos falte información. Seguimos pensando porque todavía no estamos preparados para aceptar que la única forma de responder algunas preguntas es vivirlas.

La incertidumbre nunca desaparecerá del todo, pero quizá no necesites controlar todo lo que puede ocurrir para empezar a vivir.

Quizá solo necesites dejar de pedirle a tu mente una certeza que nadie puede ofrecerte.

Si sientes que llevas demasiado tiempo atrapado en los mismos pensamientos y que tu mente no encuentra descanso, quizá no necesites seguir buscando respuestas en soledad.

En terapia podemos trabajar juntos para comprender qué hay detrás de esa necesidad de control, aprender a relacionarte de otra manera con la incertidumbre y recuperar la calma sin tener que darle mil vueltas a todo.

Porque dejar de sobrepensar no consiste en apagar la mente.

Consiste en dejar de pedirle que haga un trabajo para el que nunca fue diseñada: controlar una vida que siempre tendrá un margen de incertidumbre.

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